Es martes, y es la una. No tengo ganas de dormir. Ningunas. La puerta del salón se mueve mecida por el viento. El sonido que crea no es en absoluto agradable. Decido cerrar la puerta de la cocina, quizás es la que deja pasar la corriente que afecta a la puerta acristalada del salón. Vuelvo a mi sitio en el sofá. Pasado un rato, el desagradable sonido vuelve a atronar mis oídos.
Dejo las puertas como están, no pienso romperme la cabeza a estas horas. Se me caen los ojos, pero no quiero dormir. Los pensamientos se entremezclan en el claroscuro de mi mente. De pronto, un escalofrío. Adoro los escalofríos, transmiten una sensación de sorpresa, de disconformidad, emoción, miedo o de frío. Y luego, la piel se vuelve puntiaguda, si, se te pone la piel de gallina, me encanta esa sensación. Contemplé con una sarcástica sonrisa mis piernas, mi pecho, mis brazos, mi barriga… Todos ellos cubiertos por las “consecuencias” de ese repentino escalofrío.
El cuerpo me tembló otra vez, entonces decidí que si no quería pillar un constipado debería averiguar el porqué de esas sacudidas. El ventilador estaba apagado. La puerta del salón seguía temblando continuamente, pero cerrada. Me giré al otro lado. El ventanal estaba abierto. Me deslicé con suavidad por el sofá, me aproximé a la ventana y entonces lo vi.
No, no había un vampiro en el patio de mi edificio, ni un asesino, ni un cuerpo inconsciente sobre el frío asfalto. No. La noche estaba totalmente neblinosa, de los edificios solamente se podía adivinar la forma a través de las nubes que habían decidido pasearse por las calles en plena madrugada. Además, la noche tenía un peculiar tono. Si, no era oscura ni azulada como todas las demás. Presentaba un tono rojizo… Pero acogedor. Me quedé contemplando el ir y venir de mi respiración. Y de repente lo noté. Bueno, más bien lo olí. Estaba lloviendo. Si, para mi la lluvia tiene un olor particular, no sabría describirlo pero desde pequeña dejo las ventanas de mi habitación abiertas mientras las gotas salpican toda superficie descubierta. Amo esa sensación. Lo olí, más tarde lo vi. La noche estaba, además de plagada de nubes bajas, también de lluvia. Que extraño… Esta mañana no tenía pinta de llover, sin embargo… Bah, que más da.
Tenía que bajar la basura, y aproveché el momento, deseaba moverme bajo la lluvia unos instantes sin que nadie presenciara mi enloquecimiento y falta de responsabilidad. Me calcé mis pikolinos blancas. Cogí la bolsa de basura, y me asomé al balcón. Increíble. No puede ser. La noche se había despejado totalmente! El asfalto estaba todavía húmedo, señal de que todavía me quedaba algún resto de cordura. Pero las nubes habían desaparecido, la calle, los edificios se veían sin ningún problema, y además, la noche conservaba ese tono rojizo que tanto me había llamado la atención. Salí de mi ensimismamiento, cogí las llaves, cerré dulcemente la puerta de casa y bajé las escaleras con la bolsa azul de basura en la mano derecha, apartada lo suficiente del resto de mi cuerpo.
Cuando llegué al portal, confirmé lo que había visto desde el balcón. Arrojé la bolsa al contenedor (ya vacío), y empecé a dar vueltas sobre mi misma. Me fijé. No pasaba NINGÚN coche por la carretera. No había ningún sonido aparte del de mi respiración. Que silencio, que paz… Ya estaba totalmente despierta. Y como sabía que aunque subiese a casa y me tumbara en cama no sería capaz de dormir. Empecé a correr alrededor del edificio. Me sentía totalmente majara. Eso no era normal. Advertí alguna que otra luz encendida en los edificios, haciendo alarde de mi imaginación, es decir locura, es decir imaginación; empecé a ordenarlas, intentando que me transmitieran un mensaje coherente. Primero las ordené en un corazón, más tarde formando las letras que formaban la palabra paz (aunque desordenadas), luego dibujé un helicóptero (ahí creo que ya me dominaba el sueño). Seguí corriendo, y a la séptima vuelta, agotada como estaba, decidí volver al portal y sentarme en las escaleras. Me recosté sobre ellas, hasta que fui consciente del dolor que me producían las esquinas sobre mi espalda. Me senté. Noté el frío de la piedra bajo mis piernas, cubiertas apenas con un mini micro short vaquero que había combinado con un retal de tela que podría ser llamado camiseta, de color blanco. Con un roce, advertí que mis brazos y, por lo tanto, el resto de mi cuerpo estaba totalmente frío y con la piel de gallina. Decidí volver a casa. Di un último vistazo al vacío reinante bajo mi edificio y subí lentamente las escaleras.
Cuando llegué a casa la primera (y única) en darme la bienvenida fue Nube. Oh pequeña gata, te amo más de lo que crees♥.
La locura es, para algunos, un estado transitorio, para mi, es una forma de vida. – Andrea Seoane.
loveloveloveloveloveloveANDREA♥
